miércoles, 4 de marzo de 2009

Segundo


Ciudad de mineros, doce cuarenta y cinco del día, me bajo de la micro y comienza enseguida mi regreso, me dan ganas de ir a la feria, lugar que siempre he querido conocer, pero no, este día no es por placer así que a lo que vine. El sol está en su máxima plenitud y hace bastante calor, pero no es aire seco, ya que es un lugar a orillas de la costa, eso hace que el calor no sea sofocante. Estas calles me recuerdan las tantas veces que pasé por ahí con destino a la provincia de más al sur. Llego a la carretera y lo primero que veo es un bus con destino al recuerdo, bueno, tendré que ver muchos de esos buses en esta larga caminata, parece que me equivoqué con escoger este trayecto, no había pensado en eso, pero ya está. Según mis cálculos estaré llegando a casa alrededor de las ocho y media o a más tardar a las nueve de la noche.

Un viejito, estimo uno quince años mayor que mi padre, lleva su carreta cuesta arriba, la lleva cargada con cachureos, bueno, para mi es eso, tal vez sea su mercancía para el sustento diario, apenas avanza y me dan ganas de ayudarle, pero no sé por que no lo hago, para conformarme me digo así mismo, él debe estar acostumbrado y sólo le faltan unos 20 metros para llegar a la parte de más arriba del camino, pero me lamento por no haberlo ayudado aunque haya sido sólo un poco.

A orillas de unos matorrales, justo a lado de la carretera, frente a la playa, veo ante mis pies cómo un gorrión trata de escabullirse desesperadamente sin alzar el vuelo, algo le pasa a este pajarito, me dije, trato de atraparlo, pero me enredo con la zarza, veo que aún esta por ahí entremedio, así que trato de atraparlo nuevamente y lo consigo. El pajarito medio asustado trata de escapar de mis manos, ¿Cuánta fuerza gastará ese pajarito en tratar de hacer algo que no conseguirá?, lo miro y veo que su pico está sangrando, de seguro que algún vehículo lo atropelló, me da pena, pero no puedo hacer nada y abro mis manos para ver si puede volar, rápidamente alza el vuelo, pero al parecer se encuentra demasiado débil, sus fuerzas no le alcanzan para seguir aleteando más y va a parar un metro más allá entre la zarza.

Me acordé que no traje mis documentos, en este momento si algo me sucediera sería un NN, así que me detengo justo en la mitad de Chile para escribir información básica acerca de mi en un papel que encuentro en mi mochila, por suerte también llevaba un lápiz, realizado esto coloco nuevamente el papel en la mochila y continúo el trayecto. Sólo unos metros más allá un olor nauseabundo penetra mi olfato, bastante desagradable, porque no decirlo repugnante, se me anduvo revolviendo el estómago, al instante reconocí el olor, olor a perro muerto, no sé si todos conocen ese olor, pero por circunstancias de la vida yo lo reconozco desde que era niño, algún perrito yace por ahí siendo alimento de gusanos y quizá que otros bichos, un kilómetro más allá siento el mismo olor y me pregunto cuantos perros morirán en la carretera, algunos mueren al instante, otros agonizando por minutos, horas  y otros rematados por algún tercer vehículo, y así cuantos más. Este olor se repetirá por lo menos en unas 6 o 7 ocasiones durante este viaje.

Me cruzo con otro hombre en el camino, también lleva una carreta, yo creo que va a buscar leña por ahí cerca, en el cerro que está a la orilla del camino, lleva un gorro que le protege hasta el cuello, para que no le queme el sol, como esos gorros que usan en la legión extranjera, bueno, parecido. Me queda mirando, yo también lo miro fijo, tengo ganas de saludarlo, decirle por lo menos Hola, pero no lo hago, me queda la sensación de que él también quería saludarme, pero tampoco lo hace. Creo que cada vez nos ponemos más individualistas en este mundo, ojalá yo pueda cambiar esta forma de ser tan personalista en que nos estamos transformando.

Mis pasos ya no están en la carretera, ahora ya estoy en la calles de de un pueblo con nombre de grado de militar, el ruido es aún mayor, un poco agobiante comparado con el ruido que hay en la carretera, pero por aquí acortaré en aproximadamente un kilómetro mi recorrido, que equivale a unos veinticinco minutos. Se nota que no hay mucha prosperidad en este lugar, una cuadra completa con locales cerrados, algunas casas abandonadas o a medio derrumbarse, las vitrinas de locales comerciales a medio llenar, es como si de a poco el tiempo se estuviese deteniendo en este lugar, sin embargo, también se aprecian lindas y arregladas casas, como haciendo un esfuerzo para cambiarle el aire a este lugar.

A unos cuarenta metros observo una frutería y lo primero en que me fijo son en unos tomates en cajones y me acuerdo, como si fuese un relámpago, de cuando era un cabro chico y comía tomates con sal, cómo saltaba el chorro de jugo al darle un mordisco, en uno de esos mordiscos  me acuerdo haber ensuciado la chaqueta beige de un amigo de la familia que recién venia llegando a casa, el jugo del tomate saltó como si yo le hubiese apuntado a su chaqueta, no fue mi culpa, él no debió parase al lado mío. El querer recordar nuevamente mi infancia me hizo gastar cincuenta pesos, tuve que escoger el tomate menos malo, ya que al parecer eran tomates de tercera selección. Me faltaba sal, pero no importa, estaba listo para el primer mordisco y atento al chorro del jugo del tomate, pero por más que lo mordía y lo apretaba no saltaba jugo, en realidad estaba algo seco el tomate, ni siquiera chorreaba un poco de jugo, que desilusión, me sentí estafado, apenas humedeció mi boca este tomate, ¿se merece la gente de este lugar que les vendan frutas de esa categoría?, ¿no somos todos iguales?.

De pronto me dan nauseas, un olor fuerte y desagradable, estoy frente a las industrias del puerto, que olor más horrible, me pregunto como la gente puede vivir ahí, pero inmediatamente me respondo que esa gente ya está acostumbrada, para ellos no debe ser un olor molestoso, incluso creo que ese olor les ha cambiado el olfato, ¿sentirán los aromas tal como los siente uno?, yo creo que no, pero como saberlo?, el olor me acompaña por unos diez minutos, ya me estaba acostumbrando al olor, en realidad ni cuenta me di cuando desapareció.

Desde hace unos minutos que ya me siento algo cansado, el sol me ha estado pegando de frente durante todo este trayecto, y seguirá as seguiré hasta encontrar un lugar para descansar. Llego a una especie de parque, una esculturas por ahí, un poco más allá hay un crucifijo, aquí será mi primera parada, saco un botella de la mochila y me lanzo a parar la sed, de un solo sorbo me tomé un poco más de la mitad de la botella de medio litro, me recuesto en el pasto y cierro los ojos.  Me despierto de un sobre salto, no sé cuanto tiempo ha pasado, pero estimo en unos veinte a treinta minutos, ya estaba recompuesto y bastante descansado, pregunto la hora por ahí, las tres.

Me bebo lo que queda de agua, paso a comprar una leche con chocolate para recomponer energías, tomo sólo un poco y lo demás lo guardo en la botella para beberlo a sorbos durante el camino. Ya estoy saliendo del pueblo, y me encuentro en la parte que menos quería estar de este trayecto, le he llamado la recta maldita, sabía desde un comienzo que no me gustaría esta parte del camino, es como si no avanzara, como si nunca se dejara el camino atrás, el camino se hace infinito hacia delante y hacia atrás, mejor solo mirar hacia delante, porque mirando hacia atrás queda la sensación de que estas parado ahí mismo donde lo estuviste hace unos cuantos minutos atrás, prefiero las curvas, en las curvas los caminos quedan atrás rápidamente y llegas pronto a otro.

Una animita en el camino, otra, otra bien arreglada y con arbolitos a su alrededor, con unos remolinos de colores, un asiento como de plaza para quedarse ahí un rato, con placas agradeciendo por el favor concedido, no me acuerdo su nombre, pero era hombre, tenía veinte años al momento de fallecer, seguro producto de algún accidente de tránsito, en realidad no había prestado bien mi atención, pero anteriormente había visto varias animitas más en el camino, ¿cuantas vidas se ha llevado la carretera?, deben ser demasiadas vidas entre personas y animalitos, carretera asesina.

Tremendo perro, una vez más un perro muerto, pero este era distinto, era el único que se veía a simple vista, era grande, debió haber sido bien alimentado, por el pelaje y la forma se parecía bastante a un labrador, pero vaya a saber uno que raza era, este ya ni olor echaba, parece que ya había sido carcomido por los gusanos hace rato, estaba como seco, aparte de estar tieso, como si fuese sólo el cuero y el esqueleto los que mantenían la forma de este animal, es lo que se apreciaba a simple vista, no es que lo haya examinado completamente, fue sólo un vistazo de reojo.

Por un instante escucho el sonido de mis pisadas, es increíble, por un instante no hay tráfico en la carretera, pero dura poco, sólo unos treinta segundos y nuevamente el ruido de los motores, potente, rugiente, tratando de llegar más rápido que el otro. De cada diez vehículos en la carretera, calculo que ocho son vehículos chicos, uno es camión y otro es bus o micro.

De pronto, sin más señales, se me aparece un dolor en la rodilla, en una parte donde jamás había sentido un dolor,  trato de no prestarle atención, pero es intenso, hasta aquí he llegado, me dije, sigo caminando, pero es imposible hacerlo, que rabia. Veo que viene el tren con dirección sur, bastante lento, busco unas monedas de mi bolsillo y escojo una de cien pesos, de las nuevas, la pongo en la línea del tren, me siento en un durmiente que hay a un costado y espero, a las primeras dos pisadas de las ruedas la moneda cae, esto ya lo había hecho también cuando era niño, pero en ese tiempo creo que era una moneda de cinco pesos, de las grande  y no se cayó como ahora. Observo cómo la línea se va curvando cada vez que las ruedas pasan, como quien agarra un juguete de goma y lo doblase así de fácil, la línea se va transformando en una ola con tantas ruedas curvándola, yo nunca había visto esto y en verdad me sorprendió. Mirando las escaleras que llevan los carros me dieron ganas de subirme a uno de esos, bueno, si hubiese querido lo hubiese intentado con el último carro, ya que sólo correría el riesgo de sacarme la cresta, pero no de morir atropellado por un tren. Termina de pasar el carro final y voy por mi moneda, ya no sé exactamente a la altura de qué durmiente la puse, no hay señal de la moneda, busco entremedio del pasto seco, pero ni señas, con el movimiento de la línea y el peso del tren va quedando un espacio entre la línea y el suelo y entre el suelo y los durmientes, así que mi moneda debe estar en uno de esos espacios que no son muy anchos para meter mis dedos, por lo que desisto de seguir buscándola, será posible que algún día alguien la encuentre?, me quedo con las ganas de tener una moneda aplastada nuevamente. Oh, sorpresa, ya no hay dolor en la rodilla, que bien, acabo de perder el dolor de la rodilla y cien pesos, a seguir el camino.

Me siento algo agotado de nuevo, es mejor hacer un descanso, esperaré a llegar a algún lugar apropiado nuevamente, a lo lejos se ve una alameda a orillas de alguna empresa, creo que por ahí haré mi segundo descanso, busco un lugar apropiado bajo la sombra, bebo un sorbo de lácteo y me entrego al placer del descanso, era un lugar con pasto un poco alto y bastante seco, por lo que para cualquiera que haya pasado por ahí yo habría pasado inadvertido, debo haber dormido una media hora, los vehículos en la carretera no eran molestia para mi descanso, un ruido que venia de una fabrica que estaba cerca me despertó, me paro y veo un hombre cruzando la carretera, me queda mirando como si hubiese visto un muerto levantándose de la tumba, lo ignoré y seguí mi camino.

Ya me está dando hambre, creo que deben ser más o menos las cinco de la tarde, me queda bastante como para llegar a un lugar donde comprar, así que le doy otro sorbo a mi bebida y sigo. Después de un una hora aproximadamente paso por un supermercado y compro algo para comer, algo liviano para no hacer pesado el viaje, me acerco a una señora para preguntarle la hora y no sé que cara tendría yo que me queda mirando media asustada, son las seis y cuarto, le doy las gracias y emprendo nuevamente con rumbo norte.

He visto varios neumáticos despedazados a orillas de la carretera, alrededor de siete u ocho, son todos neumáticos de camión, como si se reventaran, se hicieran pedazos y salieran disparados de la llanta, y eso que sólo he visto por un lado de la carretera.

El camino ya se ha hecho bastante tedioso desde hace rato, recta maldita. Ya no hace calor, hay aire fresco, el sol ya cae casi horizontalmente y el camino se ha puesto aburrido, sólo quiero llegar luego, me cruzo con el tren urbano, pero al rato este me alcanza y toma ventajas en la dirección en que vamos. Por fin veo la curva, esta curva que se había hecho inalcanzable, ahora esta a mis pies, ya no hay recta, ahora si que avanzo de verdad, quiero sentarme un momento en el paradero que hay en la vía, pero el asiento se lo han robado, así que esperaré llegar al otro paradero, cuando llego me siento un rato y estiro las piernas, ya veo mi destino, unos minutos más y ya estoy descansando, he llegado, fin del viaje, son las ocho con cuarenta minutos.